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Resulta evidente la importancia que el nuevo presidente del Consejo General D. Óscar Castro Reino y su Comité Ejecutivo quieren dar a las relaciones entre los Ministerios de Sanidad, Educación y el Consejo General de Dentistas.

Por esta razón, uno de sus primeros actos institucionales ha sido la visita protocolaria a la secretaria general del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Dña. Pilar Farjas Abadía, con el propósito de exponerle y reivindicar, entre otros asuntos, medidas efectivas contra la plétora profesional, promover la creación de las especialidades oficiales de la Odontología, desarrollar una regulación especial para la publicidad sanitaria y ampliar, en la medida de lo posible, la cartera de servicios odontológicos del Sistema Nacional de Salud.

Se trata, sin lugar a dudas, de viejas y conocidas reivindicaciones, que ahora precisan de las innovadoras ideas de este ejecutivo, para no caer de nuevo, en el saco roto de la frustración. Pero, tan importante, como las acciones concretas desarrolladas hasta este momento para alcanzar estos objetivos comunes, ha resultado el cambio de actitud de los nuevos dirigentes que creen que solo el diálogo, el debate sereno y el respeto a las opiniones contrarias pueden ser el camino para que todos los dentistas, podamos ser escuchados y respetados en las altas instituciones.

Los dentistas nos debemos concienciar, al igual que ya lo han hecho otros Colegios Profesionales como los farmacéuticos, de la necesidad de entablar un diálogo continuo y eficaz con los políticos que nos gobiernan, y para ello, deben implementarse medidas eficientes que aseguren esta continuidad.

La mejor campaña publicitaria siempre se desarrolla en la proximidad de las mesas donde se toman las decisiones que afectan a una profesión, y en este sentido, debemos estar confiados, ya que el nuevo presidente conoce casi todos los vericuetos, que pueden conducir nuestra voz a las cercanías del poder.

Siempre que se produce un relevo en cualquier institución pública o privada se producen dos sentimientos contrapuestos.

Por un lado, el temor ante los cambios desconocidos o inalcanzables y, por otro, la lógica ilusión que cualquier innovación o transformación genera en todos los seres humanos.

Este tipo de circunstancias, serán aún más intensas tras las actuales elecciones al Consejo General de Dentistas, ya que en ellas se decide quién será el presidente que sustituirá a Manuel Alfonso Villa Vigil, tras un mandato de casi 19 años al frente del Consejo General.

No creemos que el principal objetivo del nuevo presidente y de su Comité Ejecutivo, sea llevar a cabo una transformación radical de la realidad. Más aún, los actuales tiempos de crisis económica y profesional y en ciernes de la futura Ley de Servicios y Colegios Profesionales exigen una defensa a ultranza de las actuales estructuras, consolidar objetivos comunes y reivindicar la vigencia del Consejo General como medio eficaz de garantizar la cohesión interterritorial.

Habitualmente confundimos el significado de dos palabras que pueden ser complementarias, pero que de hecho son diferentes: lealtad y fidelidad.

La fidelidad es el cumplimiento de una promesa a pesar de los cambios de ideas, las convicciones y los sentimientos que provocan el paso del tiempo. La fidelidad es una acción soberana en la que se exige decidir hoy, lo que se va a hacer en el mañana, bajo condiciones que no podemos prever.

Por el contrario, definir la palabra lealtad es más complejo. Por un lado, la lealtad individual es uno de esos principios que todos sabemos lo que significa, aunque nadie sea capaz de explicarlo con precisión.

Sin embargo, la lealtad institucional es un principio básico recogido en nuestros ordenamientos y que aparece reflejado en multitud de normas básicas.

Por eso, seamos Colegiados, Vocales o Presidentes, la lealtad institucional nos obliga a todos a tener un comportamiento leal y legal con las entidades y con las personas que ocupan los cargos de representación en la medida que dirigen y defienden el bien colectivo. Pero esa misma lealtad nos obliga a distinguir y separar a las personas de las instituciones, ya que nuestra obligación no es la de ser leal a una persona porque sí, sino por el cargo que representa que a su vez aglutina a todos los representados.

Hace pocos días que un experto en mass media reflexionaba acerca de los actuales medios de comunicación y sobre el impacto real que tenían en la vida de los ciudadanos.

Aclaraba el conferenciante, que a pesar de los millones de mensajes que cada hora se entrecruzaban los internautas, las grandes decisiones personales –entre las que destacaba la elección de pareja–, se tomaban casi siempre de manera tradicional, es decir, cara a cara y sin una pantalla de ordenador de por medio.

Por esta razón, la reunión que el Consejo General ha organizado recientemente, y en la que han participado numerosos compañeros –pertenecientes o no a la plataforma de facebook “Salvemos la Odontología”–, asesores jurídicos y representantes de nuestros Colegios Profesionales, no tenía como objetivo principal, llegar a acuerdo alguno, sino sobre todo, hablar, exponer razones y escuchar, como únicos medios de poder alcanzar entre todos, soluciones realistas a la actual situación.

Algunas personas, tras su desaparición, llenan ese enorme hueco que queda con recuerdos entrañables, miradas cómplices y manos siempre dispuestas, que contribuyen a mitigar la pena, llenando así de sentido la existencia.

La noticia del fallecimiento de Carlos Impuesto podía ser esperada, aunque no por eso ha dejado de ser cruel. Un maldito día en el que dejó parte de su vida en el asfalto, aunque sus ganas de vivir siempre le han acompañado hasta el último momento.

Para todos los que hemos compartido con él trabajo y afecto, conocer la mala noticia no fue suficiente. Al lunes siguiente, necesitábamos comprobar que su mesa se encontraba vacía, su ordenador apagado y admitir que ya nunca se levantaría solícito a solucionar cualquier problema con su permanente sonrisa.

Carlos era un buen trabajador, educado, agradable y sobre todo respetuoso con quién sabía respetarle. Había conseguido ganarse el corazón de todos, y por eso ahora, nos lo ha roto.